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El Justo Precio Como Factor De Distribución

En La Economía De Mercado

 

 

Cdor. Gustavo Gabriel Fernández

 

I. Introducción

La economía es uno de aquellos campos en los que tenemos que acudir al derecho natural para rescatarlo de la ideología.  A tal punto las corrientes modernas han afectado sus fundamentos que esta actividad vital para su conservación y desarrollo ha perdido la preeminencia del hombre.

Uno de los temas claves del orden económico justo es el precio, puesto que es el resultado del hecho inicial del proceso económico: el intercambio, por lo que las consecuencias de su desajuste afectan a todo el conjunto[1].

La sana filosofía sostiene que el hombre es principio y fin de la economía, y que mediante su naturaleza social resuelve el gran problema que plantea la escasez.  Su indigencia lo lleva a asociarse y a su vez la sociedad necesita de todo aquello que la persona pueda brindarle; de ahí que se mueva a cambiar sobrantes por faltantes.  Al constituir el precio un común denominador de las  relaciones que se establecen, se convierte en un factor decisivo del que depende la justa distribución de la riqueza, tanto a escala nacional como internacional[2], erigiéndose en uno de los aspectos claves que diferencian al derecho natural del capitalismo liberal.

 

II. Licitud del comercio en la Economía de Mercado

En economía se entiende por mercado toda relación mas o menos permanente entre personas interesadas en efectuar cambios.  Primitivamente se realizó en forma directa: bien por bien. Hoy, superando los inconvenientes que el trueque acarrea, se realiza indirectamente a través de un intermediario común de valores divisible que denominamos dinero.  Esta forma de intercambio, conocido como “compraventa” y que es constitutivo del comercio o actividad mercantil, trae consigo, entre oferentes y demandantes, el problema de establecer respecto de los bienes económicos una estimación conveniente y “razonable”[3] de su valor de cambio expresado en dinero, es decir, el precio.

Puesto que todos pretenden ganar, objetivo que corona los esfuerzos en economía, se establece una pugna que involucra tanto a compradores y vendedores como a cada uno de ellos entre sí con el objeto de obtener ventajas acerca del precio y las cantidades de artículos que se venden y se compran, resultando del equilibrio de estas tendencias opuestas un precio en donde están dispuestos a tranzar las partes interesadas.  Por lo tanto, en razón de este mecanismo, parecería que todo intento por hallar justicia en la determinación del precio se encontraría con un obstáculo insalvable: la competencia.

Este mecanismo que caracteriza a la economía de mercado toma distintas modalidades, que van desde su absolutización hasta su neutralización, según sean las cantidades y características de los bienes y los interesados, y el contexto en donde se enmarque la economía. De acuerdo con el tipo de competencia quedará definida una estructura de mercado particular, que no será sino uno de los distintos casos de formación de precios que estudia la ciencia económica (competencia perfecta, oligopolio, competencia monopolística, monopolio y monopsonio).

No obstante, el problema del justo precio no se resuelve coercitivamente mediante la eliminación de la competencia o el mercado con el objeto de reprimir la maximización de ganancias que devora el bolsillo de los que menos tienen.  Conocidos son los perjuicios que en el mediano y largo plazo producen las crónicas fijaciones de precios máximos y mínimos o, llevado al extremo, el atentado a la dignidad humana que significa la eliminación del mismo mercado a cambio de instaurar un monopolio de estado que suprima el comercio desarrollado por los particulares.

Con respecto a esta última solución, exagerada por cierto, pero no por ello dejada de lado en la práctica, debemos notar que los teólogos medievales vislumbraron la conveniencia social del comercio lucrativo. Santo Tomás de Aquino explica que este tipo de comercio practicado moderadamente constituye una actividad honesta y provechosa para la sociedad, esto expresa el teólogo:

“Por consiguiente, nada impide que ese lucro sea ordenado a un fin necesario o incluso honesto, y entonces la negociación se volverá lícita.  Así ocurre cuando un hombre destina el moderado lucro que adquiere mediante el comercio al sustento de la familia o también a socorrer a los necesitados, o cuando alguien se dedica al comercio para servir al interés público, para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino remuneración de su trabajo”[4]

 Es cierto, observa el Doctor Angélico, el comerciante es ávido de ganancia, “miente y perjura sobre el precio de sus mercancías.  Ahora bien:  - continúa el Aquinate -  éstos son vicios del hombre y no de su arte, que puede practicarse sin ellos.  Luego el comerciar en sí no es ilícito[5].

 Por tanto, visto la licitud de la actividad mercantil, nuestro problema consiste, desde la óptica del orden natural, no en la supresión del comercio o el mercado, sino en establecer las condiciones que debe reunir la competencia de modo tal que asegure para todo tipo de transacción la formación de un justo precio.  Es decir, aquel que retribuye justamente al productor o vendedor y que convenga de igual modo al comprador.

 

III. La Competencia en el Capitalismo Liberal

La economía de mercado adquiere distintos matices según el marco ideológico y político en el que se encuadre.  Según el modo de enfocar la competencia se desarrollará un mercado que favorezca la formación de un precio adecuado y el consiguiente beneficio de todo el conjunto social o que, por el contrario, privilegie el enriquecimiento de unos pocos. No obstante, a pesar de que la clave del éxito para los economistas clásicos y neoclásicos está basada en un modelo que asegure la libre competencia o libre mercado, para la sabiduría tradicional es una condición muy conveniente, y en ciertos casos necesaria, pero no suficiente para la consecución de un orden económico justo.  En la encíclica Centésimus Annus el papa Juan Pablo II es sumamente claro, afirma el pontífice:

“Da la impresión que, tanto a nivel de Naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades.  Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son < solventables >, con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son < vendibles >, esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente.”[6]

En sí misma considerada, la competencia no es intrínsecamente mala, responde a comportamientos o tendencias propias del hombre.  Sin embargo, no debemos olvidar que en su libre albedrío el sujeto económico es propenso a apartarse del bien, motivo por el cual necesita ajustarse a ciertos principios para el logro de dicho ordenamiento.  En consecuencia, no es conveniente apoyar en la competencia todo el Bienestar Social, entendiendo por tal la realización del Bien Común en el ámbito económico, ya que la justa distribución de la riqueza no puede basarse en un equilibrio de fuerzas sino, mas bien, en un equilibrio de derechos[7].  El Magisterio de la Iglesia consciente de esta realidad, proclama esta verdad a través de Pío XI, quien en 1931 afirma lo siguiente:

 “Mas la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo. Es de todo punto necesario, por consiguiente, que la economía se atenga y someta de nuevo a un verdadero y eficaz principio rector.”[8]

Desde sus orígenes, ignorando o haciendo caso omiso a esta verdad, el liberalismo ha propuesto una economía de mercado en la que se exaltan los impulsos del comportamiento humano en desmedro de la realidad social del hombre, reemplazando su dignidad por la fenomenología de un mecanismo que excluye la cooperación mutua, quedando, como consecuencia,  abiertas las puertas a un individualismo radical.

Esta reducción de la economía a un sistema de fuerzas que pugnan sin ningún tipo de restricciones (morales, corporativas o gubernamentales), en donde “el mecanismo del precio se encargará por sí solo de armonizar los deseos de todos los que demandan, y de todos los que ofrecen”[9], nos da como resultado una economía sin hombre o, mas bien, inhumana.  El sólo equilibrio de fuerzas del mercado puede  “armonizar los deseos” o “vaciar el mercado” pero de ningún modo garantiza la equidad, la recta conciencia de las partes, ni los instrumentos adecuados que aseguren la satisfacción de sus necesidades, tal como la experiencia histórica y social se ha encargado de demostrarnos.

Pero a pesar de las malas experiencias, el neoliberalismo emergente de las crisis económicas continúa apostando a la existencia de una “ordenación natural de la economía”, donde la competencia o concurrencia es el “timón ordenador”.  Su idea esencial de libertad individualista es coherente con la dogmatización que hace de la libre concurrencia y con la prédica del “sano egoísmo individual” como “motor” de la economía, mediante el cual - como decía Adam Smith - preocupándose cada individuo por su bienestar personal armonizará con los intereses de la generalidad[10].

Expresión de esta plena libertad económica fue el lema “laissez faire, laissez paser”,  “dejad hacer, dejad pasar”, que sintetiza el fundamento de una economía absolutamente independiente y el rechazo a toda aquella intervención que pretenda imponerse.  Su raíz, sostiene Palumbo[11], se haya contagiada de mecanicismo cartesiano y criticismo kantiano, se trata de una economía centrada en el mecanismo más que en el hombre, donde la moral, el bien y la justicia  (dado que lo “en sí” no se puede conocer) la entorpecen con concepciones extracientíficas.  Sobre el justo precio, Von Mises, uno de los fundadores del neoliberalismo, afirmará:

“Los precios ‘justos’ o ‘equitativos’ carecen por completo de trascendencia científica; tales conceptos no son más que máscaras tras la que se ocultan personales deseos y pretensiones de que las cosas fueran diferentes a como en realidad son”[12].

La cuestión social, ayer cuestión obrera, hoy internacionalizada como cuestión del subdesarrollo[13] o de los países emergentes, constituye una prueba acabada de que la economía no es una realidad desencarnada, es decir, sujeta a mecanismos donde las leyes se cumplen absolutamente con la rigurosidad matemática de un modelo de análisis.

El precio de mercado no garantiza siempre la satisfacción de una necesidad, pues en condiciones de desigualdad muy marcada entre las partes (v.gr. países subdesarrollados frente a los centrales, trabajadores frente a patrones mediante una restricción de la oferta laboral, etc.) refleja hasta que punto se puede adquirir o enajenar un bien y, en el peor de los casos, lo que se alcanza a comprar o a vender, debido a que la posibilidad de sustitución de los bienes o el desplazamiento en busca de mejores demandas no es ilimitado[14]. 

A pesar de la legalidad de dicho mecanismo, por encima está el hombre.  Rigiendo el egoísmo so pretexto ordenador, el poderoso no queda subordinado a la ley de la oferta y la demanda como sujeto pasivo, sino, muy por el contrario, la utiliza en su propio provecho, sin seguirse por ello el bienestar general de todos los participantes del mercado.  En estas condiciones sólo impera la ley de la selva, porque, como muy bien lo declara Sacheri, “...la utopía de que los egoísmos individuales se armonizan espontáneamente... equivale a sostener que cien mil injusticias individuales engendran automáticamente un orden social justo[15].

 

IV. Verdadera naturaleza de la Ley de la Oferta y la Demanda

La economía es una ciencia social, por lo que debe ordenarse en beneficio del hombre en sociedad.  Esta afirmación deriva en dos consecuencias de vital importancia.  En primer lugar, la ciencia que se ocupa de la economía trata de tendencias y no de exactitudes matemáticas[16] o “relaciones naturales necesarias de la economía”[17].  En segundo lugar, el orden económico justo no puede provenir de un mecanismo ciego en los que se canalizan instintos, pasiones y egoísmos.

Las nefastas consecuencias de las tesis clásico-liberales proceden de la errónea afirmación de que la Ley de la Oferta y la Demanda rige automáticamente la economía.  Porque esta ley más que regir la economía, registra su comportamiento.  En consecuencia, tenemos que decir - siguiendo a Julio Meinvielle[18] - que, en realidad,  la misma es una registradora automática del comportamiento de las fuerzas del mercado, donde el precio es solo un registro o resultado de lo que ocurre.

Quienes proponen la anulación de esta ley, suprimen un elemento importantísimo a fin de captar los requerimientos de los consumidores, precisamente cuando tiende a subir el precio como consecuencia del aumento de la demanda.  Por el contrario, la solución hay que buscarla en la actuación de los hombres, donde el interés personal juega un papel fundamental a los efectos de lograr, según el caso, un crecimiento provechoso o perjudicial para la economía en su conjunto.

Se beneficia la totalidad de la economía, cuando el interés por ganar se traduce en mayor creatividad, inclusión de tecnología e incremento del trabajo.  Al crecer la producción, se incrementa la oferta y baja el precio, lo cual se ve por demás compensado con una mayor venta de productos.  En cambio, se perjudica cuando el enriquecimiento se logra a costa del otro, ya sea porque se alteran arbitrariamente los precios  (v.gr.:  vender por debajo de los costos para eliminar la competencia o al aprovechase de la urgencia de la otra parte)  o porque se fuerza la ley de la oferta y la demanda en beneficio propio  (v.gr.:  hacer escasear de mala fe un producto a fin de estimular la subida de su precio, etc.).

En conclusión, podemos decir que la Ley de la Oferta y la Demanda es una ley "prácticamente" inexorable, registradora automática de lo que ocurre en el mercado, por lo que en sí misma es de carácter neutro, es decir, ni buena ni mala;  y por lo tanto, es la actuación de los hombres lo que en realidad afecta la salud social, cuando se pone esta ley exclusivamente al servicio del interés personal.

 

V. La Ley de Reciprocidad en los Intercambios

La actuación de los hombres o se caracteriza por la virtud o se mueve por el vicio.  Los actos económicos son actos humanos y por lo tanto están sujetos a la moral.  No es posible un orden económico fundado sólo en el interés personal, en toda negociación debemos tener en cuenta el beneficio de la otra parte.

Aristóteles en la “Ética a Nicómaco” hace referencia a un modo particular de justicia que se manifiesta por la reciprocidad en las transacciones, atribuyéndole un papel fundamental en cuanto al sostenimiento de la ciudad-estado, al respecto afirma el filósofo:

“El arquitecto debe recibir del zapatero lo que éste hace y compartir con él su propia obra; si, pues, existe en primer lugar la igualdad proporcional, y después se produce la reciprocidad, se tendrá el resultado dicho. Si no, no habrá igualdad y el acuerdo no será posible; pues nada puede impedir que el trabajo de uno sea mejor que el del otro, y es necesario, por tanto igualarlos.  Esto ocurre con las demás artes.  Se destruirán en efecto, si lo que hace el agente, cuanto hace y como lo hace, no lo experimente el paciente en esa misma medida e índole”[19]

El Estagirita aclara que la reciprocidad debe darse de acuerdo a una cierta proporción, lo que se persigue no es una igualdad precisamente, sino una equivalencia de valores, puesto que de lo contrario sería sumamente complicado el intercambio y hasta antieconómico.  Es decir, esta ley pretende asegurar, sin modificaciones exageradas, el posicionamiento de las unidades de consumo (familias) y producción (empresas) dentro del proceso, evitando el desplazamiento o exclusión del circuito económico.

En Conceptos Fundamentales de la Economía, Julio Meinvielle sostiene con mucha razón que la reciprocidad en los intercambios es una ley de carácter ético-económica[20].  Ética, porque busca que el intercambio sea justo, es decir, que no sea causa de ganancias de unos a costa de otros, por lo que obliga en conciencia, derivando de su violación el riesgo de la disolución social.   Y de carácter económico, porque si la misma es violada se frena y paraliza el proceso económico.  Por lo tanto, concluye,  el orden económico procede del funcionamiento de las fuerzas del mercado movidas por su interés particular dentro de cambios recíprocos[21].  La solución humana - explica- acepta las dos leyes.  La ley de la oferta y la demanda, en virtud de la cual queda de manifiesto el interés particular que mueve a cada hombre y por el cual se ve estimulado a producir riquezas.  Y la de reciprocidad en los intercambios, que subordinando a la anterior, asegura el bien de todos y cada uno.

 

VI. El Problema del Valor

El presupuesto para la aplicación de la Ley de Reciprocidad en los Intercambios supone que las partes valoren de manera análoga los bienes económicos que están dispuestos a canjear.

Parecería una sutileza tratar el tema del valor.  Sin embargo, con el advenimiento de la modernidad, el valor económico que los hombres han otorgado a los bienes soportó los vaivenes que produjo el naturalismo, el subjetivismo, el relativismo y el egoísmo que impregnó los usos y costumbres mercantiles. Desde el punto de vista epistemológico, padeció el divorcio de la metafísica y la antropología, dejando como saldo un concepto de valor proveniente de una entelequia descabezada e individualista, cuyos impulsos y apetitos son racionalizados en el marco de un mecanismo cuasi matemático ajeno a nociones superiores y trascendentes, tal como resulta el hombre para la ciencia económica moderna.

Desde los principios más lejanos de esta ciencia, muchas teorías han ensayado los economistas en vista a explicar la naturaleza y las circunstancias determinantes, así como la intensidad del valor. Algunos atribuyeron el valor económico a la escasez, pero no pudieron explicar por qué el trébol de cuatro hojas tenía un valor económico nulo.  Otros buscaron la explicación en la utilidad, pero se encontraron con que el aire que respiraban no tenía ningún valor económico.  David Ricardo, uno de los referentes de la escuela clásica, considera al costo de producción como fundamento del valor, sin embargo, el valor del diamante no se corresponde con el costo de su extracción y pulido.  Marx afirma que es el trabajo invertido lo que otorga valor a los bienes, no obstante no existe comparación entre los valores de la piedra y el oro extraídos conjuntamente de una mina, a pesar de que ambos elementos requirieron del mismo trabajo[22].

La explicación acerca del valor que ha alcanzado mayor difusión es la conocida como teoría de la utilidad marginal, esta postula que el valor de una fracción de la cantidad disponible de un bien será para un sujeto igual al valor de la fracción menos importante. Siguiendo el ejemplo del economista alemán Karl Menger: si una persona dispone de un manantial cuyo caudal le permite  repartirlo entre el sustento propio, el de sus animales, el aseo personal, el de sus utensilios e incluso para regar un jardín, mientras disponga de tanta agua que varios baldes lleguen al mar, el valor que le asigne al agua resultará ínfimo; en cambio, si le alcanzara apenas para regar el jardín valoraría el agua tanto como desearía mantenerlo, por último si sólo obtuviera el líquido necesario para su sustento valoraría la porción disponible tanto como a su propia vida[23].   Dicha teoría subyace en el fondo de lo que en microeconomía se conoce como Teoría de la Conducta del Consumidor y de cuyo análisis se deriva, pasando por una serie de instancias sucesivas, la función de demanda, a través de la cual se explica uno de los dos pilares de la formación del precio en el modelo de mercado. 

Por la teoría de la utilidad marginal conocemos cómo varía la intensidad de las valoraciones en cada sujeto individual, según esta a medida que se satisface una necesidad, el placer disminuye hasta alcanzar la saciedad y a partir de un cierto nivel las últimas dosis del bien consumido llegan a provocar dolor. Si bien parte de un hecho psicológico y biológico verificable en la naturaleza humana, como justificación del valor económico constituye una demostración subjetiva e individualista, y por lo tanto no mensurable[24].  A pesar de ello la teoría original atribuida a Gossen, Jevons y Walras trataba a la utilidad como cardinalmente medible, posteriormente Pareto y otros le otorgan un enfoque ordinal, pero en ambos casos se utiliza el método matemático, haciéndola eminentemente abstracta[25]. Consecuente con el espíritu liberal, como solución absoluta al problema del valor económico conduce a conclusiones falsas, debido a que no contempla el aspecto social que comporta la economía; por ende, en el marco de esta teoría, sería lógico pensar que una vez satisfecha una necesidad las cosas dejasen de tener valor o por el contrario podría considerarse correcto un valor exagerado en el caso de una posible manipulación de stock en la economía.

 

VII. Solución al Valor Económico de los Bienes

Cuando abordan el tema en cuestión, los economistas no dejan de mencionar la clásica distinción entre valor de uso y valor de cambio; sin embargo, dicha diferenciación no es propia de los modernos, Aristóteles afirma en “Política” lo siguiente:

“...cada objeto de propiedad tiene un doble uso.  Ambos usos son del mismo objeto, pero no de la misma manera, uno es el propio del objeto, y el otro no.  Por ejemplo, el uso de un zapato: como calzado y como objeto de cambio.  Y ambos son utilizaciones del zapato.  De hecho, el que cambia un zapato al que lo necesita por dinero o por alimento utiliza el zapato en cuanto zapato, pero no según su propio uso, pues no se ha hecho para el cambio.  Del mismo modo ocurre también con las demás posesiones, pues el cambio puede aplicarse a todas, teniendo su origen, en un principio, en un hecho natural:  en que los hombres tienen unos más y otros menos de lo necesario.”[26]

En primer lugar, se presenta el valor de uso, en el cual se funda la teoría de la utilidad marginal.  Parte de la utilidad propia y directa, que es la aptitud por la que las cosas se consideran bienes, ya sean de índole económica o no.   En virtud de la utilidad, valoramos un par de zapatos porque sirve primariamente para calzarse, sin embargo, las personas la aprecian de distinta manera:  algunos prefieren mocasines, otros zapatos acordonados, los operarios reclaman botas apropiadas y la juventud principalmente escoge el calzado de moda.  Por lo tanto, aunque no existe valor económico si algo inicialmente no tiene valor de uso, su carácter íntimo, personal e intransferible, hace que su relevancia económica sea relativa.

En segundo lugar, las cosas que por su utilidad alcanzan la calidad de bienes, cuando son escasas se consideran económicas, adquiriendo una función de carácter secundario o indirecto dada por el intercambio. Dicho empleo, a su vez, sustenta una segunda especie de valor que relaciona la utilidad percibida por cada sujeto con la escasez[27], que lo mueve a establecer vínculos sociales mediante los cuales cambia sobrantes por faltantes. Este valor de cambio constituye una explicación genérica del valor económico que abarca todas las situaciones que algunas de las teorías nombradas anteriormente no pudieron esclarecer.  Sobre la base de esta solución podemos decir que el trébol de cuatro hojas no tiene valor económico porque no reporta utilidad alguna; el aire tampoco porque es superabundante; en cambio, el diamante y el oro poseen gran valor económico debido a su escasez combinada con su utilidad, independientemente de su costo de producción o el trabajo humano invertido en su elaboración.  Asimismo, esta explicación supera incluso a la teoría de la utilidad marginal, puesto que si bien esta última demuestra como varía la intensidad del valor en un sujeto, nada dice sobre las causas de las valoraciones que trascienden al individuo[28].

La teoría microeconomía no pierde de vista el valor de cambio, por eso una vez construidas las funciones de demanda y oferta, obtiene el precio de mercado o de equilibrio, el cual conjuga la utilidad que experimentan los consumidores y la escasez que pretenden vencer los productores. Sin embargo, a pesar de que el valor de cambio pone de manifiesto una relación social, ignorando este aspecto, los economistas modernos sólo fijan su atención en la parte material, poniendo el énfasis en la eficiencia económica, lo cual no deja de ser lógico en razón de que el problema central de la economía es la escasez.  Pero la preocupación constante en cómo el consumidor maximiza la utilidad con la restricción del ingreso y el productor maximiza su beneficio con la restricción que le imponen los costos, relega al hombre, sujeto mismo de la economía, a ocupar un papel secundario frente al precio de equilibrio, que sólo tiene en cuenta la confrontación de intereses de dos fuerzas opuestas, dejando de lado toda estimación racional y virtuosa o, dicho de otro modo, la sensatez del protagonista principal del fenómeno económico.

Para nosotros, el valor de cambio constituye la explicación última del valor económico, pero para que dicha solución sea plena, la relación entre utilidad y escasez debe tener en cuenta la razonabilidad, en virtud de la cual sopesamos también otros factores que perfeccionan esta ponderación, tales como el costo de producción, el trabajo humano empleado, la significación de los bienes o el gusto de los consumidores[29]. Esta visión integral nos permite entender el valor de cambio como una valoración social.  Dicho carácter no nace precisamente del tire y afloje de fuerzas que pugnan por entregar lo menos posible, surge de la escasez, que impulsa a trascender la valoración en función al provecho personal que los bienes reportan, para considerarlos objetos de cambio cuya colocación se realizará en un ámbito social que llamamos mercado. Las personas, gracias a su inteligencia y actividad económica en el mismo, podrán apreciar e incluso ordenar las cosas en forma semejante de acuerdo a su importancia económica, independientemente de la intensidad de sus requerimientos, su condición social o económica, la habilidad para producirlos o los gustos particulares de cada uno.

En oposición al valor de uso, eminentemente subjetivo e individual, el valor de cambio tiene un carácter objetivo, no en el sentido de un aspecto intrínseco, enquistado en las cosas, sino relativamente, puesto que no deja de ser un juicio que emana de las personas en relación a otros bienes.  Dicha objetividad se manifiesta en un doble sentido y se relaciona con el predominio del principio de razonabilidad que no es otra cosa que la vigencia concreta del sentido común.  En primer lugar, porque el hombre es capaz de estimarlo independientemente de su subjetividad, atendiendo a la función impropia de los bienes o de intercambio. En segundo lugar, porque este mismo sujeto puede elaborar a través de comparaciones un ordenamiento entre los diferentes productos que componen la economía, y que es mas o menos coincidente en la mayor parte de la gente que pertenece a una plaza determinada[30].

En conclusión, podemos decir que, sin existir una igualdad matemática, las personas que conforman una sociedad concreta, pueden hacer una estimación común del valor económico de los bienes, por lo que es posible pretender que los canjes respeten un criterio de justicia.

 

VIII. Posibilidad del Justo Precio o Precio Natural de los Bienes

Podríamos definir al justo precio como la expresión monetaria del valor de cambio sin defecto ni exceso; pero con la finalidad de brindar un concepto que reúna los aspectos más salientes tratados hasta ahora, preferimos aquel que lo designa – según Widow – como precio natural de los bienes.  Natural, al no estar afectado o distorsionado por el desorden pasional de los hombres;  también, por ser objeto de una estimación común que surge de un juicio generalizado que se funda en la comparación entre muchos valores de cambio; y, además, por la posibilidad de ser conocido por el hombre sensato, sin necesidad de una especial ciencia[31].

En una economía de cambio, donde se manifiesta eminentemente la naturaleza social y racional del hombre, tanto la teoría económica como la práctica mercantil no pueden olvidar que quien produce no sólo lo hace para sí, sino también para los demás[32].  En consecuencia, sin desmedro de las ventajas del mercado, el beneficio de la economía en su conjunto deberá basarse no sólo en el interés, sino en la sensatez de un hombre que en su doble condición de consumidor y productor se proponga ordenar las valoraciones económicas con criterio de justicia, contemplando todos los elementos que contribuyan a agregar valor a los bienes económicos.

El realismo que caracterizó a los teólogos medievales les permitió trascender el aspecto puramente moral y elaborar una doctrina del justo precio que para nada contradice la ciencia económica moderna, sino que los ubica como verdaderos pioneros.  Al estudiar el pensamiento económico de Santo Tomás de Aquino, el Prof. Francisco Letizia analiza una serie de factores de la que resulta una visión integral del justo precio que vale la pena abordar[33].

Además de la utilidad (virtuositas) y la escasez (raritas), cuya consideración hemos realizado al tratar el valor de cambio, los medievales distinguen como constitutivo del justo precio la deseabilidad (complacibilitas). En otra época la mención de este factor hubiera pasado desapercibido, hoy se ha convertido en un aspecto central sobre el cual trabajan los especialistas en comercialización.  Estos critican la teoría microeconómica por simplificar arbitrariamente la realidad a través del modelo de mercado (ceteris paribus), puesto que ignoraría aquellos consumidores cuya variable de decisión es preponderantemente la calidad o cualidad de los bienes, mas que el precio o la cantidad.  Sin embargo, como contrapartida, los “gurúes” del marketing siguen insistiendo en una economía centrada en el valor de uso, exacerbando la deseabilidad de los bienes mediante técnicas psicológicas que cimientan las bases de una economía consumista, alejada de las verdaderas necesidades humanas e implícitamente ignorante de la función social de la propiedad, con todas las consecuencias nacionales e internacionales relacionadas con la distribución de la riqueza.

Continuando esta enumeración, merece especial atención lo que los medievales designaron como estimación común (communis aestimatio), cuyo sentido no es otro que la existencia de una valoración de cambio objetiva y colectiva basada en la razonabilidad y la valuación del mercado, concordante con la solución al problema del valor abordada en el punto anterior.  En virtud de esta estimación común y frente a variaciones transitorias de la oferta o la demanda, podemos afirmar que el justo precio se impone sobre el precio de mercado o equilibrio.  Por otra parte, quedan admitidas aquellas oscilaciones provocadas por modificaciones lógicas y justificadas de los factores subyacentes de la demanda o la oferta; incluso, los teólogos medievales avalan la competencia moderada al aceptar un valor máximo (sumo) y un mínimo (ínfimo) siempre que no se destruya la reciprocidad en los intercambios ni se atente contra la honestidad.

Otros dos factores relacionados que se conjugan en la formación del justo precio son el lugar y el tiempo (diversitas loci et tempori). Respecto del primero su influencia puede ser decisiva, baste decir como ejemplo que la valoración del agua dulce en Irak tiene una diferencia abismal respecto de la asignada en la provincia de Entre Ríos. Algo similar podemos decir del tiempo, puesto que los métodos de producción progresan, aparecen mejores sustitutos, algunos recursos naturales se agotan y existen circunstancias estacionales que producen diferencias entendibles.

Por último, debemos mencionar el encarecimiento que implica el riesgo (periculum) al ser transportado de un lugar a otro y la remuneración del trabajo (stipendium laboris).  En el primer caso, quedan contemplados los costos de transporte y los riesgos asumidos, estos últimos los cubrimos actualmente a través de los seguros.  En lo que respecta a la remuneración del trabajo, dicho factor es el gran ignorado por la modernidad, ya que frente a la maximización de la ganancia propuesta por el espíritu liberal, este constitutivo del justo precio lleva a moderar la rentabilidad del comerciante o productor en función del aporte efectivo al proceso económico, eliminando el sesgo de arbitrariedad que rodea la determinación de los precios y su efecto negativo sobre la distribución de la riqueza.

 

IX. El Justo Precio y la Distribución de la Riqueza

Las nefastas consecuencias del liberalismo económico empujan a los pontífices a alzar su voz contra aquellos mitos que, con apariencia de científicos, en teoría producirían el ordenamiento automático del mercado, pero en la práctica enriquecieron todavía más a los poderosos.  Pío XI denunciaba incluso a aquellos que en virtud de una  ley incontrastable” creían que la acumulación de riquezas pertenecía a los ricos y lo propio de los trabajadores era vivir pobremente[34]. Esto planteado internacionalmente, en cuyo ámbito distinguimos países centrales que detentan la mayor parte de la riqueza mundial, en desmedro de una gran cantidad de países periféricos que concentran el mayor segmento de población y extensión del planeta, lleva a Pablo VI a solicitar dentro del comercio internacional la superación de las “relaciones de fuerza para llegar a tratados concertados con la mirada puesta en el bien de todos[35].

Dichos reclamos, sin sentido para el economicismo liberal, tienen una profunda significación.  En efecto, el conjunto de bienes que se producen en la economía de un país es el resultado del esfuerzo y colaboración de todos los factores productivos, por lo que es un deber de justicia distribuirlos entre todas las personas que lo hicieron posible.  En este aspecto representa un papel fundamental el precio.

Los manuales de economía distinguen dos tipos de mercados a través de los cuales se distribuye la riqueza.  En primer lugar, a través del mercado de factores. En este las familias aportan al proceso económico los recursos (tierra, trabajo, capital y capacidad empresarial)  que las empresas necesitan para elaborar los bienes, estas, a cambio, les retribuyen con el dinero que conforma el ingreso familiar (renta, salario, interés y beneficio).  Esta retribución es un precio que debe ser justamente pagado en función del esfuerzo aportado.  En el caso del trabajo humano, existe toda una doctrina que, además de la justa retribución, hace hincapié en el desarrollo digno de la actividad laboral.  En segundo lugar, la distribución continúa en el mercado de bienes.  Con los recursos que la empresa recibe se producen aquellos bienes aptos para la satisfacción de las necesidades, a cambio de los cuales, con el dinero de su ingreso,  las familias pagarán otro precio, que conformará el gasto familiar. Por lo tanto, vemos como todo el sistema de precios de la economía está influyendo en el modo de distribuir la riqueza, ya que según como sean éstos influirán en la obtención de bienes por parte de aquellos que han trabajado para conseguirlos[36].

 

X. Conclusión

En primer lugar, es necesario recalcar que nuestro objetivo, como lo decíamos al principio, no es la imposición de precios artificiales, porque por su misma arbitrariedad resultan nefastas las perturbaciones que ocasionan. De acuerdo con la técnica económica, lo recomendable es influir sobre los sujetos y no sobre el precio, que es un resultado de su actuar[37], por lo que es mucho más beneficioso que todos de alguna forma u otra contribuyan a establecer condiciones que estimulen la formación de  “precios convenientes”, según la naturaleza de los bienes, las necesidades y las aptitudes de las partes contratantes, de modo tal que favorezca una sana competencia en el marco de un equilibrio de derechos, tal cual lo exige la justicia conmutativa.

En segundo lugar, debemos recalcar que la vigencia de las condiciones que permiten establecer un orden económico justo depende del orden político.  En efecto, tomando una condición fundamental para la consecución de una sana economía como lo es la ley de reciprocidad en los intercambios, por tratarse de un principio rector del orden económico, no puede garantizarse a sí mismo, sólo puede hacerlo un orden superior al cual se encuentre subordinado[38].  En este sentido es de suma importancia que el Estado colabore con la efectiva aplicación de la Ley nº 24.240 de Defensa del Consumidor, la Ley nº 22.262 de Defensa de la Competencia y otras normas relacionadas. Asimismo, debe promover, respetando el principio de subsidiaridad, aquellas estructuras de mercado que aseguren la concurrencia y que la ciencia económica recomienda como más beneficiosas, en contra de los monopolios, trust, cartels, dumping, etc.

Por último, creemos que la organización de la sociedad constituye la clave para la concreción del justo precio en todos los ámbitos de la economía.  Mientras el éxito del liberalismo práctico ha sido la disolución y atomización de la sociedad en individualidades carentes de anticuerpos, frente a la virulencia egoísta de los más poderosos, estamos seguros, son las asociaciones intermedias, hoy conocidas como ONG, y que agrupan a consumidores, empresarios o trabajadores, las que permitirán una participación eficaz del ciudadano en el orden público.  Se erigen en instrumentos idóneos a la hora de fiscalizar y asegurar la vigencia de los principios de razonabilidad y justicia, siempre y cuando estén animadas por hombres dispuestos a bregar contra viento y marea por el Bien Común. En consecuencia, resulta esencial predicar y formar a nuestros pares en los perennes principios del derecho natural, sobre todo a los más jóvenes, sin dejar de lado nuestra efectiva participación a fin de fomentar instituciones capaces de poner de pie a nuestra Nación.

 



[1] MEINVIELLE, JULIO; Conceptos Fundamentales de la Economía, Buenos Aires, Cruz y Fierro Editores, 1.982. Pág. 67.

[2] SOLOZABAL, JOSÉ MARÍA; Curso de Doctrina Social Católica (varios autores). Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967. Pág. 269.

[3] PALUMBO, CARMELO; Cuestiones de Doctrina Social de la Iglesia. Buenos Aires, Cruz y Fierro Editores, 1982. Págs. 176 a la 182.

[4] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, II,II, q.77, a.4. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1.990.  Pág. 599.

[5] Ibidem, Pág. 599.

[6] JUAN PABLO II, Centésimus Annus, 34.

[7] GUERRERO, FERNANDO; Curso de Doctrina Social Católica (varios autores). Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967. Pág. 773.

[8] PÍO XI, Quadragésimo anno, 88.

[9] BEVERAGGI ALLENDE, WALTER; Manual de Economía Política.  Montevideo, Editorial Artigas, 1980. Pág. 23.

[10] HOFFNER, JOSEPH; Manual de Doctrina Social Cristiana. Madrid, Rialp, 1974. Págs. 195 a 200.

[11] PALUMBO, CARMELO; ob. cit., págs. 159 a la 176.

[12] MISES, LUDWIG V.;  La Acción Humana - Tratado de Economía -. Madrid, Sopec S.A., 1968. Pág.421.  Citado por PALUMBO, CARMELO; ob. cit., págs. 127.

[13] SACHERI, CARLOS A.; El Orden Natural. Buenos Aires, Ediciones del Cruzamante, 1980. Pág.5.

[14] Cf. NAVARRO VILCHES, FRANCISCO;  Cuadernillo “Carpeta de Apuntes Borradores - Bolillas IV y VI”, Cátedra “Introducción al Análisis Económico Y (Fundamento de la Economía)”. Mendoza, Facultad de Ciencias Económicas - Universidad Nacional de Cuyo, 1986. Pág. 41.

[15] SACHERI, CARLOS A.; ob. cit., pág.86.

[16] BELAUNDE, CESAR H.; Economía Política. Buenos Aires, Troquel, 1970. Pág. 143.

[17] NAVARRO VILCHES, FRANCISCO;  ob. cit.. Págs. 74 a 79.

[18] MEINVIELLE, JULIO; ob. cit., págs. 67 a 85.

[19] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Libro V, 1133a.

[20] MEINVIELLE, JULIO; ob. cit., pág. 71.

[21] Ibidem, ob. cit., pág. 83.

[22] BEVERAGGI ALLENDE, WALTER, ob. cit., págs. 293 a 295.

[23] MENGER, KARL; Principios Fundamentales de Economía Política.  Mendoza, Librería Minerva, 1963. Traducción desde la versión italiana de R. Broglio D’ Ajano y N. Bonelli por Norina Antonelli de Margini para la Facultad de Ciencias Económicas. U.N.Cuyo. Pág. 98.

[24] BELAUNDE, CESAR H., ob. cit., pág. 67.

[25] FERGUSON, C. E. y GOUDL, J. P.; Teoría Microeconómica. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1992.  Pág.20.

[26] ARISTÓTELES, Política, Libro I, 1257a.

[27] BELAUNDE, CESAR H., ob. cit., pág. 62.

[28] Cf. NAVARRO VILCHES, FRANCISCO;  Cuadernillo “Carpeta de Apuntes Borradores - Bolillas III”, Cátedra “Introducción al Análisis Económico Y (Fundamento de la Economía)”. Mendoza, Facultad de Ciencias Económicas - Universidad Nacional de Cuyo, 1986. Pág. 13.

[29] WIDOW, JUAN ANTONIO, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1988. Págs.149 y 150.

[30] Ibidem, pág.148.

[31] Ibidem, pág.150 y 151.

[32] DE MOLINAR, ELÍAS; Un Orden Nuevo pero ...Cómo?. Mendoza, 1969. Págs.8, 9 y 10.

[33] LETIZIA, FRANCISCO; Fundamentación Filosófica de las Doctrinas Económicas. Mendoza, Facultad de Ciencias Económicas – Universidad Nacional de Cuyo, 1983. Págs. 327 a 337.

[34] PÍO XI, Quadragésimo Anno, 54.

[35] PABLO VI, Octogésima Adveniens, 43.

[36] SOLOZABAL, JOSÉ MARÍA; ob. cit., pág. 270.

[37] BELAUNDE, CESAR H., ob. cit., pág. 139.

[38] MEINVIELLE, JULIO; ob. cit., pág. 86.