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 La educación  una  prioridad  en el magisterio de Pio XI

 

 

por Luis González Guerrico

 

 

 

 

 

 

EL  MAGISTERIO DE   LOS PAPAS  ANTERIORES

 

 

 

Hacia   1850  los efectos  deletéreos  de la Revolución Francesa van  haciéndose sentir en todos los campos. A las desviaciones, principalmente  en el orden político, señaladas por los papas de la primera mitad del siglo, siguen, otras muchas a medida que aumenta la distancia   entre los principios revolucionarios y los resabios  de la civilización cristiana. Así, aparecen, entre  otras, graves amenazas  al modo adecuado de entender la educación. Esto  proporciona  ocasión a Pío IX para reafirmar los principios católicos en la materia : 

 

 

 

“Velad igualmente , Venerable Hermanos, sobre las otras escuelas públicas y privadas...empleando vuestra influencia para que toda su enseñanza se conforme  con las normas de la doctrina católica...” [1].

 

 

En un sentido análogo se pronuncia León XIII denunciando abiertamente el poder corruptor que tienen las malas doctrinas, principalmente entre los jóvenes: 

 

 

“Cuánto más se afanan  los  enemigos  de la religión por enseñar  a los ignorantes y especialmente a la juventud las doctrinas que ofuscan la inteligencia y corrompen las costumbres, tanto mayor debe ser el empeño para que no sólo el método   de la enseñanza sea apropiado y sólido, sino principalmente para que la misma enseñanza sea completamente  conforme a la fe católica, tanto en las letras como en la ciencia, muy principalmente en la filosofía de la cual  depende en gran parte la buena dirección de las demás ciencias, y que  no tienda a destruir la revelación divina , sino  que se complazca  en allanarle el camino y defenderla de los que la impugnan, como nos ha enseñado con su ejemplo y con sus escritos el gran Agustín, el Angélico Doctor y los demás maestros de la sabiduría cristiana” [2].

 

 

 

 

 

LA  EDUCACIÓN EN OTROS DOCUMENTOS  DE PIO XI

 

 

 

Además de dedicar una encíclica exclusivamente a la educación   cristiana   de la juventud, que comentaremos  en seguida, Pío XI, se ocupó  del tema pedagógico  en muchas otras   comunicaciones y documentos. Veamos algunas  de sus afirmaciones  espigadas del  rico magisterio    de su pontificado:

 

 

“El necio que dice en su corazón “no hay Dios”  (Salmo 13)  se encamina   a la corrupción moral. Y estos necios que presumen separar la moral de la religión constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse,  de que, al desterrar     de las escuelas  y de la educación la enseñanza confesional, o sea la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola  contribuir  a la  formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar hacia el embrutecimiento moral” [3].

 

 

 

 

“Pero volviendo a la deplorable ley referente a las Confesiones y Congregaciones religiosas, hemos visto con amargura de corazón que   en ella, ya desde   el principio, se declara abiertamente  que el Estado no tiene religión oficial, reafirmando así aquella separación  del Estado y de la Iglesia  que, desgraciadamente, había sido  sancionada en la nueva Constitución  española...tal atentado redunda en daño irreparable de la conciencia cristiana del país, especialmente  de la juventud, a la que se quiere educar sin religión” [4].

 

“Únese a todo esto la prohibición legal  de la enseñanza de la doctrina  católica  en las escuelas primarias y la acción efectiva  sobre los maestros encargados  de la instrucción de los  de los niños para  comunicar   a las almas de los jóvenes  las mentiras de la impiedad y los principios de una vergonzosa  inmoralidad” [5].

 

“La Iglesia  de Jesucristo no ha discutido discutido nunca   los derechos y los deberes  del Estado sobre la  educación de los ciudadanos...derechos y deberes indiscutibles mientras se mantengan dentro de los límites   de competencia del Estado; competencia  que a la vez está claramente fijada  por los fines propios del Estado; fines ciertamente no sólo corpóreos y materiales, pero por sí mismos necesariamente contenidos  dentro de los límites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal. El divino mandato universal que la Iglesia ha recibido del mismo  Jesucristo,    incomunicablemente e insustituiblemente, se extiende, por el contrario, a lo eterno, a lo celestial, a lo sobrenatural, orden de cosas que, por una parte, es estrictamente obligatorio para toda criatura consciente, y al cual, por otra parte, debe, por su misma naturaleza, subordinarse y coordinarse todo lo demás” [6] .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIVINI ILLIUS MAGISTRI

 

 

 

 

El 31 de Diciembre  de 1929  S.S. Pío XI   hizo pública  la carta encíclica “Divini Illius Magistri” sobre la educación cristiana de la juventud. Se trata de un espléndido documento  cuyo elogio  dejamos  a cargo de  Juan XXIII que,   en  la conmemoración  de  su trigésimo aniversario, la  califica “ de carta magna de la educación cristiana ” [7] y  “monumento admirable... del magisterio de la Iglesia... Con qué firmeza de principios, ( agrega),   con qué lucidez de exposición pone en claro el gran Pontífice las funciones de la Iglesia y del Estado en la gran tarea de la educación. Cuán fina psicología... y qué solidez de argumentación para demostrar cuán justificada es la exigencia de la Iglesia por un "clima" educativo que esté en armonía con la fe de sus hijos” [8].

 

 

 

Documento no solamente admirable  sino   completo, decimos nosotros,  ya que  atiende    al mismo tiempo a lo  general y  a lo  particular:   proclama los grandes principios  que han de  orientar  la actividad  educativa y no  se priva   de  tratar acerca de sus  aplicaciones prácticas ya que abarca  temas  como el “ambiente de la educación”[9], “los buenos maestros”[10],  “el mundo y sus peligros” [11] y hasta  cuestiones  todavía  más determinadas como la   educación sexual [12],   “la  coeducación” [13],  y otros semejantes.  Advertimos así,  de qué manera incluye como preocupaciones  suyas  en el campo pedagógico, no solamente  una consideración  universal del problema,  sino también aspectos  y detalles precisos,   de cuya justa apreciación  depende muchas veces el resultado mismo del esfuerzo educativo. 

 

 

Encíclica,  no solamente admirable y completa, sino también de gran actualidad pese a los  más de setenta años  transcurridos. Hace ya cuatro  décadas  lo afirmaba  Juan  XXIII, en la oportunidad ya citada,   al considerar :

 

“que este documento capital no ha perdido nada de su verdad. Hoy como ayer, afirma la Iglesia altamente que sus derechos y los de la familia en este dominio preceden a los del Estado; hoy como ayer afirma la Iglesia su derecho a tener sus propias escuelas en las cuales inculcar a través de maestros de sólidas convicciones, una concepción cristiana de la vida, en las que la enseñanza sea impartida a la luz de la fe”[14].

 

No podemos más que  adherir  a  este juicio porque  la  vigencia  de las enseñanzas  de Divini Illius  Magistri, está más que  acreditada   con la simple atención  a las dificultades  de la educación, insinuadas  o mencionadas en  ella y   presentes en grado sumo  en la problemática  pedagógica de nuestros días. Lo veremos con claridad al comentar  el texto. 

 

El título de esta ponencia “La educación  una  prioridad  en el magisterio de Pío XI”, encuentra su plena justificación en las mismas palabras con que él  manifiesta cómo concibe su responsabilidad en este campo. Considera al  magisterio acerca de la  educación  como  parte de su oficio pastoral por eso insiste, “opportune et impportune”  ( 2 Timoteo 4, 2), como vicario de Cristo, especialmente en  “nuestros tiempos”, dice, de ausencia de orientaciones  ciertas sobre asuntos  fundamentales, omisión de la que no está  exento   asimismo también  el problema escolar y pedagógico: 

 

 

“Representante, en la tierra, de aquel Divino Maestro que, sin dejar de abrazar en la inmensidad de su amor a todos los hombres, aunque pecadores e indignos, mostró, sin embargo, predilección y ternura especialísima hacia los niños y se expresó con aquellas palabras tan conmovedoras: Dejad que los niños vengan a Mí ( Mc. 10,14), también Nos hemos procurado en todas las ocasiones mostrar la predilección verdaderamente paternal que les profesamos, particularmente en los cuidados asiduos y oportunas enseñanzas que se refieren a la educación cristiana de la juvenud”[15].... (dirigiéndose con ) palabras saludables, ya de aviso, ya de exhortación, ya de dirección, a los jóvenes y a los educadores, y a los padres y madres de familia, sobre varios puntos referentes a la educación cristiana, con aquella solicitud que conviene al Padre común de todos los fieles..., reclamada por nuestros tiempos, en los cuales, desgraciadamente, se deplora una falta tan grande de principios claros y sanos, aun en los problemas más fundamentales”[16].

 

 

Como antes  he expresado  las enseñanzas  de la encíclica son aplicables plenamente a dificultades que aparecen  con  singular  fuerza en  nuestros días,  como  las desviaciones en el orden pedagógico y al influjo pernicioso   de  posturas ideológicas  que  prescinden, incluso  del orden natural:

 

 

“En verdad que nunca como en los tiempos presentes se ha hablado tanto de educación; por esto se multiplican los maestros de nuevas teorías pedagógicas, se inventan, proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar, sino para crear una educación nueva de infalible eficacia, capaz de formar las nuevas generaciones para la ansiada felicidad en la tierra...Sólo que muchos de entre ellos, como insistiendo con exceso en el sentido etimológico de la palabra, pretenden sacarla de la misma naturaleza humana y realizarla con solas sus fuerzas”[17].

 

No   se detiene el Pontífice  en la crítica  de este  viraje  a la inmanencia  sino que plante  claramente  la  falta  de consistencia de las postura laicista que prescinde  del orden sobrenatural:

 

 

 “Y en esto ciertamente yerran, pues en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y descansan en sí mismos, apegándose exclusivamente a lo terreno y temporal; por eso será continua e incesante su agitación mientras no dirijan sus pensamientos y sus obras a la única meta de la perfección, a Dios, según la profunda sentencia de San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti  ( Confesiones, 1,1)”[18]. Por eso mismo enseña  que es imposible  que  exista “educación completa y perfecta si no es cristiana”[19].

 

 

 

Detengámonos un momento en esta   alarma del pontífice ante  la pretensión de educar sin Dios. Detrás  de esta  prescindencia  de Dios, en  la   educación como en tantos otros campos  de la cultura, encontramos muy a menudo una  "concepción falsa de la autonomía humana" [20]  que alimenta una valoración excesiva y no fundamentada del poder del hombre que lo lleva  a una actitud orgullosa. Así lo explica el filósofo Xavier Zubiri:  "la confianza radical, la entrega  a sus propias fuerzas para ser y la desligación de todo, son un mismo fenómeno...Así desligada, la persona se implanta en su vida y la vida adquiere carácter  absolutamente absoluto. Es lo que San Juan llamó, en frase espléndida, la soberbia de la vida...Es más bien  la divinización o el endiosamiento de la vida. En realidad más que negar a Dios  el soberbio afirma que él es Dios, que se basta totalmente a sí mismo. Pero, entonces, no se trata propiamente de negar a Dios, sino de ponerse de acuerdo  sobre quien es el que es Dios... El ateo, en una u otra forma, hace de sí un Dios" [21].  Razón tenía Pío XI en preocuparse; que diría  si pudiera  ver, como  observamos en nuestros  en nuestros  días, concepciones educativas que convierten  al niño   en un pequeño monarca  a cuyo egoísmo todos, incluidos padres y maestros,  deben rendir pleitesía.

 

 

 

Pero volviendo a los textos de la encíclica,  vemos cómo reflejando la  preocupación estrictamente  pedagógica del papa, con rigor lógico,  se ocupan, de  establecer  el   fin de la educación cristiana:

 

( porque  es)  de suma importancia no errar en la educación, como no errar en la dirección hacia el fin último, con el cual está íntima  y necesariamente ligada toda la obra de la educación” [22].

 

 

 La razón de esto es que el proceso educativo, se  explica,  ante todo, por su carácter teleológico. Todas las acciones que se realizan como parte del mismo, así como  las influencias educativas que se reciben, están encaminadas al logro de ciertas metas o fines, que son los que le dan su significado y justificación. “Todo agente  obra necesariamente  por un fin” [23], y de la claridad con que enunciemos el fin  se desprenderá la eficacia de las acciones tendientes a lograrlo. Por ello la correcta enunciación del fin de la educación precede a la realización del proceso educativo. Y así éste puede ser considerado, inequívocamente, como un conjunto  de actividades teleológicamente orientadas. En este punto se ve  la clara dependencia que existe  del proceso educativo con respecto a la  acción humana  en general, y por eso, de la concepción antropológica  que se sustente. Escuchemos  a un filósofo y pedagogo argentino contemporáneo: “Así quienes  niegan la existencia de la finalidad  de los actos humanos  y la de un  fin último de la vida humana, niegan  que el proceso educativo tenga fines extrínsecos o afirman que éste es un fin en sí mismo (recordemos  aquello de “aprender a aprender”). Tal es el caso del pragmatismo y el de algunas posturas positivistas cientificistas o formalistas” [24]. 

 

Quedando  claro que no puede haber educación sin  fin,  este no puede ser  cualquier motivo que aparezca en el horizonte educativo. Menos, todavía,   si hablamos  de   la educación  cristiana:

 

 

 

“Fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la Gracia divina a formar el verdadero y perfecto cristiano, es decir, al mismo Cristo, en los regenerados con el Bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijitos míos, por quienes segunda vez padezco dolores de parto hasta formar a Cristo en vosotros (Gal. 4, 19). Ya que el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, que es nuestra vida (Col. 3,4), y manifestarla en todas sus operaciones: para que la vida de Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal (2 Cor. 4, 11) ”[25].

 

Formar al mismo Cristo  en el alumno,  expresión magnífica  que  podría sintetizar  la finalidad específicamente  cristiana  de la educación católica y     bien harían tantos colegios que   así se llaman  a sí mismos, pero están lejos  de servir  a la causa  del evangelio,    en colocarla  como faro orientador    al comienzo de todas sus preocupaciones y tareas.

 

 

Sin embargo  como “la gracia  presupone la naturaleza  y la perfección lo perfectible” [26],  no olvida  mostrar como  la educación cristiana   debe  comprender  a todo el hombre,  excluyendo un sobrenaturalismo  exagerado,  independiente  del orden natural. La verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en cuyas responsabilidades tomará parte una vez que llegue a ser adulto. Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes a desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y laborioso desarrollo de la vida, y en la consecución de la verdadera libertad, superando los obstáculos con grandeza y constancia de alma. Hay que disponerlos, además, para la participación en la vida social, de forma que, bien preparados con los medios necesarios y oportunos, puedan sumarse activamente a los diversos grupos de la sociedad humana y presten su colaboración  a la consecución del bien común [27]. Nos habla Pío XI  de esta   plenitud natural,   debida a todos los hombres con estas  justas palabras:

 

 Por esto precisamente la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana sensible y espiritual, intelectual y moral, individual, doméstica y social, no para menoscabarla en manera alguna, sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Cristo”[28].

 

 En el mismo sentido afirma en otro lugar de la encíclica:

 

 

 “Efectivamente, nunca se ha de perder de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, cual nos lo hacen conocer la recta razón y la revelación; por lo tanto, el hombre, caído de su estado originario, pero redimido por Cristo y reintegrado en la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios” [29].

 

 

El olvido   de esta  armoniosa  complementariedad entre lo natural y lo sobrenatural  conduce, según este pontífice,  a una  falsedad  que denomina “naturalismo”  y  que resulta  profética  a la luz  de lo que    ocurre setenta años  después. La  indebida   autonomía respecto  de Dios  y su obra en el hombre,   lleva  a   una  nefasta  concepción según la cual  se le atribuye al niño una total independencia  respecto de toda principio o autoridad superior natural. Parece  hablar  para nuestros días    y   entrar a participar  de lleno de lleno en la controversia acerca   de si la educación ha de ser  autónoma o heterónoma cuando expresa:

 

“Por lo  mismo, es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o aminore la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud; y es erróneo todo método de educación que se funde, en todo o en parte, sobre la negación u olvido del pecado original y de la Gracia y, por lo tanto, sobre las fuerzas solas de la naturaleza humana. Tales son, generalmente, esos sistemas actuales de varios nombres, que apelan a una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño y que disminuyen o aun suprimen la autoridad y la obra del educador, atribuyendo al niño una preeminencia exclusiva de iniciativas y una actividad independiente de toda ley  superior   natural y   divina, en  la obra  de  su educación... Asimismo tales innovadores suelen denominar, como por desprecio, a la educación cristiana, heterónoma, pasiva, anticuada, porque se funda en la autoridad divina y en su santa ley. Miserablemente se engañan éstos en su pretensión de libertar, como ellos dicen, al niño, mientras lo hacen más bien esclavo de su ciego orgullo y de sus desordenadas pasiones, porque éstas, por consecuencia lógica de aquellos falsos sistemas, vienen a quedar justificadas como legítimas exigencias de la naturaleza que se proclama autónoma [30]”. 

 

Para   concluir  no resistimos la tentación  de   recordar las sabias enseñanzas del pontífice  acerca de la relación ente  educación y bien común. Cuando   se refiere a los responsables de la educación, es decir, a la Iglesia, a la familia  y al Estado [31], presenta  de manera ordenada  lo que se espera de cada uno  de ellos. Así,   cuando trata  de  los deberes  y derechos   estatales  en el orden pedagógico,  los refiere, como corresponde, a una  concepción política cristiana, y considera al estado como  gestor del bien común. Comienza por dar una noción  de esta  verdadera causa  final del orden político, definiéndolo del modo siguiente:

 

 “el bien común de orden temporal, consiste en la paz y seguridad de que las familias y cada uno de los individuos puedan gozar en el ejercicio de sus derechos, y a la vez en el mayor bienestar espiritual y material que sea posible en la vida presente, mediante la unión y la coordinación de la actividad de todos” [32].

 

A continuación  enumerando los deberes  del Estado para con este bien común,  en materia educativa, lo  desdobla,  sabiamente,  en   dos aspectos:

 

 

 “Doble es, pues, la función de la autoridad civil que reside en el Estado: proteger y promover, pero no absorber a la familia y al individuo, o suplantarlos. Por lo tanto, en orden a la educación, es derecho o, por mejor decir, deber del Estado proteger en sus leyes el derecho anterior -que arriba dejamos descrito- de la familia en la educación cristiana de la prole, y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre tal educación cristiana. Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando llegare a faltar, física o moralmente, la obra de los padres por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina, y, por lo tanto, sometido a la autoridad y juicio de la Iglesia, y también a la vigilancia y tutela jurídica del Estado en orden al bien común... Además, en general, es derecho y deber del Estado proteger, según las normas de la recta razón y de la fe, la educación moral y religiosa de la juventud, removiendo de ella las causas públicas que le sean contrarias” [33].

 

 

Con esto llegamos en apretada síntesis  al fin de  esta presentación. Hemos  querido ofrecer las ideas principales  del magisterio educativo  de Pío XI,  siguiendo en sus líneas principales esta verdadera  “carta magna de la educación cristiana”, que es la encíclica Divini Illius Magistri, como hemos dicho al comienzo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

 

 

 

1.      Pio IX,  Nostis et nobiscum,  en  Doctrina Social de la Iglesia,  Mario Strubbia, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1991.

2.      León XIII, Inscrutabili Dei  consilio, en  Doctrina Social de la Iglesia,  Mario Strubbia, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1991.

3.      Pio XI, Mit brennender sorge, en Doctrina Pontificia, B.A.C. , Madrid, 1958

4.      Pio XI, Non Abbiamo Bisogno, en Doctrina Pontificia, B.A.C. , Madrid, 1958

5.      Pio XI, Dilectissima Nobis, en Doctrina Pontificia, B.A.C. , Madrid, 1958

6.      Pio XI, Acerba Animi, en Doctrina Pontificia, B.A.C. , Madrid, 1958

7.      Mensaje  de Juan XXIII  a los  integrantes  del  encuentro organizado por la  Oficina Internacional de la Enseñanza Católica, Roma, 31 de diciembre  de 1959.

  1. Divini Illius Magistri, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1983

9.      Catecismo de la Iglesia  Católica, Nº  2126

  1. Zubiri Xavier, Naturaleza, historia y Dios,  Madrid  1978
  2. Ballesteros, Juan Carlos Pablo, Introducción al saber pedagógico, Itinerarium, Buenos Aires, 1987

12.  Santo Tomás de Aquino,  Suma de Teología, B.A.C., Madrid, 1998

  1. Gravissimun Educationis,  en  Concilio Vaticano II, B.A.C., Madrid 1975           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

 

 

 

 

LA  MAGISTERIO DE   LOS PAPAS  ANTERIORES,  1

 

 

LA  EDUCACIÓN EN OTROS DOCUMENTOS  DE PIO XI,  2

 

 

DIVINI ILLIUS MAGISTRI, 4

 

 

BIBLIOGRAFÍA, 12

 

 



[1] Pio IX,  Nostis et nobiscum, 15

[2] León XIII, Inscrutabili Dei  consilio, 9

[3] Pio XI, Mit brennender sorge, Nº 34

[4] Pio XI, Dilectissima Nobis, Nº 15 y 18

[5] Pio XI, Acerba Nimi, Nº 13

[6] Pio XI, Non Abbiamo Bisogno, Nº 52

[7] Mensaje  de Juan XXIII  a los  integrantes  del  encuentro organizado por la  Oficina Internacional de la Enseñanza Católica, Roma, 31 de diciembre  de 1959.

[8] Op. cit.

[9]  Divini Illius Magistri, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1983, página  38

[10] Op. cit., página  48

[11] Op. cit., página 49

[12] Op. cit., página 35

[13] Op. cit., página 36

[14] Mensaje  de Juan XXIII  a los  integrantes  del  encuentro organizado por el OFFICE INTERNATIONAL DE L'ENSEIGNEMENT CATHOLIQUE, Roma, 31 de diciembre  de 1959.

[15] Divini Illius Magistri, página 3

[16] Op. cit., página 4

[17] Op. cit., página 5

[18] Op. cit., página 5

[19] Op. cit., página 6

[20] Catecismo de la Iglesia  Católica, Nº  2126

[21] Xavier Zubiri, Naturaleza, historia y Dios, pp. 392-397

[22]Divini Illius Magistri, , página 6

[23] Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, I-II, 1, 2

[24] Ballesteros, J.C.P., Introducción al saber pedagógico, Itinerarium, Buenos Aires, 1987, página 15

[25]  Divini Illius Magistri,  página 52

[26]Santo Tomás de Aquino,  Suma de Teología, I, 2, 2 ad 1

[27] Concilio Vaticano II, Gravissimun Educationis, Nº 1

[28] Divini Illius Magistri, 52

[29] Op. cit., página  32

[30] Op. cit., página  33

[31] Op. cit., página 22

[32] Op. cit., página 23

[33] Op. cit., página 23