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MATIAS BAILONE

CANCION DEL BUSCADOR DE DIOS

Antonio Esteban Agüero

 

Siempre buscando;

desde niño buscándolo; buscando.

A través de la sombra y la neblina;

sumergido en la zona de penumbra

que separa los días de las noches,

y al cristiano también del no cristiano,

por laberintos de la sangre oscura.

Siempre buscando;

desde niño buscándolo; buscando.

Golpeando viejas puertas

clausuradas de bronce martillado;

gastando los ojos en las hojas

de antiguos libros muertos;

vigilando la savia cuando sube

por racimos y flores del verano;

escuchando palomas y cigarras;

mirándome en espejos esta pálida frente,

estas frágiles manos,

esta boca que guarda la palabra,

oyendo la música que llueve

desde el silencio de los astros.

Buscando;

desde niño buscándolo;

preguntando

por las calles donde está la gente,

por caminos del campo.

Por veces mendigando la respuesta total

a la total pregunta.

Yo quería encontrarlo

(yo solo descubrirlo}

donde quiera que fuese

para darle mi agradecimiento humano,

por la cósmica lumbre que me habita,

por la gota de vida que me nutre,

por este débil corazón desnudo

que siento pulsar en mi costado.

Darle las gracias, sí,

por haberme construído como soy:

de sueño, de madera,

de cóleras y miedos,

de bondad y ternura,

de soledad y de razón pensante,

de claridad, de sombras,

de música y pecado.

Descendí por El a catacumbas,

anduve por túneles cerrados,

batallé con demonios,

conocí a la serpiente y el abrazo

de su lívido cuerpo de aceros anillados;

me frecuentaron

dragones y brujas increíbles;

y alguna vez solté, como a villanos,

las locas miradas por el cielo,

lejos de mí, del mundo,

desprendidas del ser y de los ojos

el infinito sólo navegando.

 

y yo buscando;

desde niño buscándolo; buscando...

Lo imaginaba ajeno,

misterioso,

terrible,

lejano.

Después de muchos viajes,

(ya en la curva más alta de los años)

de tormentosos viajes,

con las velas y los mástiles rotos,

circundando

por el horror del mar donde las olas

eran de fría soledad de nada,

recorde una capilla entre los cerros,

los claros cerros de cristal morado,

y una joven pareja que venía

con un niño en los brazos;

rememoré la pila con el agua,

las gotas de luz sobre la frente,

los maderos en cruz,

y la figura solitaria y herida por los clavos.

Me recordé pequeño,

(el sabor de la sal sobre los labios)

volví a verme pequeño,

y recordé que el nombre que llevaba

era el nombre del niño

que sentía bajar sobre su frente

la santa cruz de agua. ..

Yo dije: Dios. Oh Dios. Oh Dios.

Aquello fue tremendo,

un cósmico relámpago,

como si el mismo sol me detonara,

granada solar, entre las manos,

como la luz aquella de la bomba

que aniquiló la tarde en Hiroshima…

 

Y dije: Oh Dios…

-y dejé de buscarlo-

campanas sonaban por mi sangre

-y dejé de buscarlo-

cantaba un millón de ruiseñores

-y dejé de buscarlo-.

 

ANTONIO ESTEBAN AGÜERO

matias bailone, 2004